Oriana Fallaci.

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Socialismo, ¿qué socialismo? Hoy todo el mundo habla de socialismo; la palabra socialismo se ha convertido en la salsa de todos los platos, en la flor de ojal de toda mentira, en una moda. ¿Hemos olvidado acaso que también Mussolini chachareaba sobre el socialismo, que procedía de él, y también Hitler? Nazismo ¿no es tal vez la abreviatura de nacionalsocialismo? Alguien dice socialismo, y vosotros detrás, sin preguntaros qué socialismo, sin mirar a la cara a quien dice socialismo. El hijo de Papandreu, por ejemplo, lleva la palabra socialismo escrita en los calzoncillos, así como la palabra revolución y la palabra Resistencia. ¿Qué resistencia, qué revolución? Incluso Papadopoulos llamó a su golpe de Estado revolución, lo mismo que Pinochet: en la misma derecha no hay dictador que no recurra a la palabra revolución. Todos quieren hacer esa revolución y luego no la hace nadie, y menos que nadie los que se definen como revolucionarios, porque con sus revoluciones sólo cambia el amo, el régimen. La revolución no se manda. Existe una única revolución posible, y es la que se desarrolla con lentitud, con paciencia, ¡con desobediencia! La revolución es paciencia y desobediencia, no es prisa, no es caos, no es lo que cuentan los demagogos de la varita mágica. *
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Si miras un hombre a la cara y te das cuenta de que es un hombre como tú, olvidas lo que representa y matarlo se hace difícil.
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Hay algo de intimidatorio en la sorpresa, de negación de la libertad; algo brutal, sin más. Por buena o mala que sea, siempre constituye una intrusión, una imposición, un dominio. Porque rompe un equilibrio y obliga a quien la recibe a sufrirla, le guste o no, esté preparado o no.
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Nunca es tarde para vivir un poco más, incluso desdichadamente.
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Siempre se olvida que un héroe es un hombre, sólo un hombre, y que resistir a una tiranía, padecer sevicias y languidecer durante años en una celda sin aire ni luz es a veces más fácil que debatirse en el equívoco y en las lisonjas de la normalidad.
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Todas las banderas, incluso las que parecen más puras, están manchadas de sangre y mierda.
* Fragmento de un discurso de Alekos Panagulis, compañero sentimental de Fallaci, transcrito en Un hombre.