Todo está en mi mano, puedo hacer que las cosas mejoren, empeoren o se mantengan. Si la suerte me acompaña, yo espero que las cosas vayan a mejor, poco a poco. Es hora de enfrentarme a mis verdaderos deseos. Tengo miedo, pero no puedo seguir escapando hacia ninguna parte, huyendo de lo que verdaderamente quiero hacer, poniendo excusas y escondiendo la cabeza bajo la tierra. Mi verdadero deseo es escribir, y tengo miedo de esforzarme de verdad y comprobar que los resultados obtenidos no son tan buenos como me hubiera gustado. Sería como estrellarme contra un muro a cien kilómetros por hora. Sería como recibir un burofax en el que Dios me dice "no te di la vida para eso, tu camino es otro".

En cambio, pienso que es una manera de autorrealizarme y progresar, si me esfuerzo y no consigo nada, si agoto todas las posibilidades tendré al menos la satisfacción de haber comprobado que ese camino no es el que debo seguir. Pero tengo claro que si no lo intento tendré esa espina clavada para siempre. El camino que tengo ante mí es incierto, bordea la locura y la muerte y conduce hacia el centro de la tierra. Al escribir estas palabras me cuesta pensar que voy a ser consecuente con ellas, es como que hablo para la galería una vez más en vez de demostrar el movimiento andando.

De todas formas no se lo digáis a nadie.