El mundo es un lugar hostil. La ignorancia y el egocentrismo hace que seamos hostiles los unos con los otros. Muy pocas personas alcanzan el nivel de conciencia necesario para darse cuenta del absurdo cotidiano, lleno de rivalidades sin objeto y un sinnúmero de competiciones cuyo fin es ensalzar el propio ego y denostar a los demás. Al contemplar el mundo desde esta perspectiva uno no puede sino sentir cierta lástima por las criaturas infelices que se atormentan recíprocamente por cuestiones del todo vanas. Al mismo tiempo, se puede observar con claridad los engaños de los que somos objeto, la manipulación que existe, y esto genera una gran sensación de impotencia. A pesar de que trato de reprimir los impulsos que me empujan a la competición, a las apariencias y al sufrimiento, no puedo dejar depertenecer a este mundo. Tengo que acatar las normas aún en contra de mi voluntad. No hay alternativa posible.

La gente me dice que soy una persona desmotivada, indolente, sin sangre en las venas. Yo escucho con una sonrisa en los labios, porque eso es música para mis oídos. Significa que mi educación va por el buen camino. Naturalmente para las personas que me rodean, incluso para vosotros, lectores, yo no soy más que un excéntrico, un tío que está algo sonado. Puede que la realidad sea esa.

Desde mi posición se puede observar con claridad cómo las élites que se autoperpetúan en el poder mueven los hilos de la sociedad de una manera del todo sutil. Conmueven las conciencias de la masa de las maneras más sofisticadas, generan debates que distraen la atención de los problemas verdaderamente importantes, ocultan información y generan tabúes y estigmas sociales de una forma asombrosas. Es el imperio de la doble moral, de la hipocresía en estado puro, pero no nos engañemos: no hay nadie libre de este pecado. Todos tenemos una doble moral. Nos han enseñado desde pequeños qué es lo correcto, mientras que nosotros solos hemos aprendido qué es lo útil. Por una parte defendemos la consecución de las cosas buenas, pero por otra parte, con más sinceridad, nos aferramos a lo útil. Y por eso, precisamente, nunca saldremos del lodo.

Otro factor que ejerce una gran influencia en nosotros es el sexo. Sin mencionar las pulsiones sexuales toda consideración sobre nuestra sociedad se queda coja en sus fundamentos. Muchas personas se autorrealizan a través del sexo, es su leit-motiv, y el resto de cosas son meros instrumentos para saciar ese profundo anhelo. Esto sucede de una manera tal que toda la voluntad se enfoca hacia esos fines de una manera inconsciente, y muchas veces se producen sublimaciones en forma de actos socialmente bien valorados.

En definitiva, creo que somos víctimas de nosotros mismos. Todo esto que he dicho podría resumirse con sólo una palabra: vida.